El cinismo: Aspiraba a una vida sencilla y natural, en la que el hombre sólo debía procurarse sólo lo
indispensable para vivir.
Diógenes el cínico
Diversas son las anécdotas que de este filósofo cínico nos
han llegado fundamentalmente a través del historiador
Diógenes Laercio. Éste retrata fielmente el talante y el
modo de vida de este filósofo provocador que nos incita
constantemente a reflexionar sobre las complicaciones
inútiles a las que la vida en sociedad a veces nos arrastra.
La crítica a la religión y la superstición
"Viendo en cierta ocasión cómo los sacerdotes custodios del templo conducían a uno que había
robado una vasija perteneciente al tesoro del templo, comentó: «Los ladrones grandes llevan
preso al pequeño.»”
“Cierto día observó a una mujer postrada ante los dioses en actitud ridícula y, queriendo
liberarla de su superstición, se le acercó y, de acuerdo con la narración de Zoilo de Perga, le
dijo: « ¿No temes, buena mujer, que el dios esté detrás de ti (pues todo está lleno de su
presencia) y tu postura resulte entonces irreverente? »”
“A los que se inquietaban por sus sueños, les censuraba que descuidaran lo que hacían
despiertos y se preocuparan en cambio tanto de lo que imaginaban dormidos.”
“Alguien muy supersticioso le amenazó: « De un solo puñetazo te romperé la cara »”; Diógenes
replicó: « Y yo, de un solo estornudo a tu izquierda te haré temblar »”.
“Al ser iniciado en los misterios órficos, como el sacerdote aseguraba que a los admitidos en los
ritos les esperaban innumerables bienes en el Hades, le replicó: « ¿Por qué, entonces, no te
suicidas? »”
“A quien le decía que la vida era un mal, lo corrigió: « No la vida, sino la mala vida »”
Desprecio de las convenciones sociales y de todas las diferencias que se fundan en ellas
“Solía hacerlo todo en público, las obras de Deméter y las de Afrodita. Y lo justificaba
argumentando que si comer no es un absurdo, no es absurdo hacerlo en la plaza pública; y
como resulta que comer es natural, también lo es hacerlo en la plaza pública. Se masturbaba en
público y lamentaba que no fuera tan sencillo verse libre de la otra comezón del hambre
frotándose las tripas.”
“Habiéndole uno invitado a entrar en su lujosa mansión, le advirtió que no escupiese en ella,
tras lo cual Diógenes arrancó una buena flema y la escupió a la cara del dueño, para decirle
después que no le había sido posible hallar lugar más inmundo en toda la casa”
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El cinismo: Aspiraba a una vida sencilla y natural, en la que el hombre sólo debía procurarse sólo lo
indispensable para vivir.
“Solía decir, como sabemos por Hecatón en sus Sentencias, que es preferible la compañía de
los cuervos a la de los aduladores, pues aquéllos devoran a los muertos; éstos, a los vivos.”
“Afirmaba también que las cosas de mucho valor tenían muy poco precio, y a la inversa: una
estatua llega a alcanzar los tres mil dracmas mientras que un quénice de harina se vende a dos
ochavos”.
La búsqueda de la felicidad y la vuelta a la naturaleza
“Relata Teofrastro en su Megárico que, observando en cierta ocasión a un ratón que correteaba
sin rumbo fijo, sin buscar lecho para dormir, sin temor a la noche, sin preocuparse de nada de lo
que los humanos consideran provechoso, descubrió el modo de adaptarse a las circunstancias.
Fue el primero, dicen algunos, que dobló su manto al verse obligado a dormir sobre él; que llevó
alforjas para poner en ellas sus provisiones, y que hacía en cualquier lugar cualquier cosa, ya
fuese comer, dormir o conversar. Así solía decir, señalando al pórtico de Zeus y al Pompeyon,
que los atenienses le habían provisto delegares para vivir.
Bastón, al principio, no lo usó sino estando enfermo. Pero posteriormente lo llevaba a todas
partes, no sólo por la ciudad, sino también por los caminos, juntamente con la alforja. Así lo
atestigua Olimpiodoro, magistrado de Atenas y Polieucto, el orador, y Lisanias, el hijo de
Escrión.
Encargó a uno que le buscase una choza donde vivir, pero como éste se demorara, se alojó en
un barril del Metrón, según él mismo narra en sus Cartas. En verano se revolcaba en la arena
ardiente y en el invierno abrazaba las estatuas cubiertas de nieve, ejercitándose ante todo tipo
de adversidades”
Observando cierta vez un niño que bebía con las manos, arrojó el cuenco que llevaba en la
alforja, diciendo: « Un niño me superó en sencillez.» Asimismo se deshizo de su escudilla
cuando vio que otro niño, al que le se había roto el plato, recogía sus lentejas en la cavidad de
un pedazo de pan”
Proclamaba que los dioses habían otorgado a los hombres una vida fácil, pero que éstos lo
habían olvidado en su búsqueda de exquisiteces, afeites, etc. Por eso, a uno que estaba siendo
calzado por su criado, le dijo:«No serás enteramente feliz hasta que tu criado te suene también
las narices, lo que ocurrirá cuando hayas olvidado el uso de tus manos».
A los que le aconsejaban salir en persecución de su esclavo fugitivo, les replicó: "Sería absurdo
que Manes pudiera vivir sin Diógenes y Diógenes, en cambio, no pudiese vivir sin Manes".
La sabiduría y la filosofía
“A uno que le reprochó: «Te dedicas a la filosofía y nada sabes», le respondió: «Aspiro a saber,
y eso es justamente la filosofía.»”
Preguntado acerca de qué beneficio había obtenido de la filosofía, contestó: «Como mínimo,
estar preparado para cualquier contingencia.» Preguntándole uno de dónde era, respondió:
«Ciudadano del mundo.»”
“A uno que le manifestó el deseo de filosofar junto a él, Diógenes le entregó un atún y le ordenó
seguirle. Aquél, avergonzado de llevarlo, se deshizo del atún y se alejó. Diógenes se encontró
con él al cabo de un tiempo y, riéndose, exclamó: «Un atún ha echado a perder nuestra
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El cinismo: Aspiraba a una vida sencilla y natural, en la que el hombre sólo debía procurarse sólo lo
indispensable para vivir.
amistad. »”
La filosofía como provocación
“Se acercó a Anaxímenes, el orador, que era extremadamente obeso, y le propuso: «Concede a
nosotros, mendigos, parte de tu estómago; nosotros saldremos ganando y para ti será un gran
alivio.» Cuando el mismo orador peroraba, Diógenes distrajo a su audiencia esgrimiendo un
pescado. Irritado aquél, Diógenes concluyó: «Un pescado de un óbolo desbarató el discurso de
Anaxímenes».”
“Se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela de Euclides,
llamaba a los diálogos platónicos pérdidas de tiempo; a los juegos atléticos dionisíacos, gran
espectáculo para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho.
Solía también decir que, cuando observaba a los pilotos, a los médicos y a los filósofos, debía
admitir que el hombre era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía a
intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía caso, o a los codiciosos de
fama y dinero, pensaba que no había ser viviente más necio que el hombre.
Repetía de continuo que hay que tener cordura para vivir o cuerda para ahorcarse”
“Cierta vez que nadie prestaba atención a una grave disertación suya, se puso a hacer trinos.
Como la gente se arremolinara en torno a él, les reprochó el que se precipitaran a oír sandeces
y, en cambio, tardaran tanto en acudir cuando el tema era serio.
Decía que los hombres competían en cocearse mejor y cavar mejor las zanjas, pero no en ser
mejores. Se extrañaba asimismo de que los gramáticos se ocuparan con tanto celo de los
males de Ulises, despreocupándose de los suyos propios; de que los músicos afinaran las
cuerdas de sus liras, mientras descuidaban la armonía de sus disposiciones anímicas; o de que
los matemáticos se dieran a observar el sol y laguna, pero se despreocuparan de los asuntos
de aquí; de que los oradores elogiaran la justicia, pero no la practicaran nunca; o de que, por
último, los codiciosos echasen pestes del dinero, a la vez que lo amaban sin medida.
Reprochaba asimismo a los que elogiaban a los virtuosos por su desprecio del dinero, pero
envidiaban a los ricos. Le irritaba que se sacrificase a los dioses en demanda de salud y, en el
curso del sacrificio, se celebrara un festín perjudicial a la salud misma.
Se sorprendía de que los esclavos, viendo a sus dueños devorar manjares sin tregua, no les
sustrajeran algunos.”
“Elogiaba a los que, a punto de casarse, se echaban atrás; a los que, yendo a emprender una
travesía marítima, renunciaban al final; a los que proyectaban vivir junto a los poderosos, pero
renunciaban a ello.”
“Decía imitar el ejemplo de los maestros de canto coral, quienes exageran la nota para que los
demás den el tono justo.”
“En otra ocasión, gritó: « ¡Hombres a mí!» Al acudir una gran multitud les despachó
golpeándolos con el bastón: «Hombres he dicho, no basura».”
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El cinismo: Aspiraba a una vida sencilla y natural, en la que el hombre sólo debía procurarse sólo lo
indispensable para vivir.
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Su mendicidad
“Estaba en una ocasión pidiendo limosna a una estatua. Preguntándole por qué lo hacía,
contestó: «Me ejercito en fracasar.» Para mendigar –lo que hacía a causa de su pobreza- usaba
la fórmula: «Si ya has dado a alguien, dame también a mí; si no, empieza conmigo.»”
“« ¿Por qué –se le preguntó- la gente da dinero a los mendigos y no a los filósofos?» «Porque –
repuso- piensan que, algún día, pueden llegar a ser inválidos o ciegos, pero filósofos, jamás.»”
“Pedía limosna a un individuo de mal carácter. Este le dijo: «Te daré, si logras convencerme.»
«Si yo fuera capaz de persuadirte –contestó Diógenes- te persuadiría para que te ahorcaras».”
“En un banquete algunos le echaron huesos, como si fuera un perro: Diógenes, comportándose
como un perro, orinó allí mismo”
Diógenes Laercio: Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos ilustres.
jueves, 3 de marzo de 2016
Diógenes el Cínico
Diógenes el Cínico
(Diógenes de Sínope, llamado el Cínico; Sínope, c. 404 a.J.C. - ?, c. 323) Filósofo griego. Fue el discípulo más destacado de Antístenes, fundador de la escuela cínica. Para él, la virtud era el soberano bien. Rechazaba toda convención, la ciencia, los honores y la riqueza. Llamado por Platón «Sócrates delirante», iba siempre descalzo, vestía una capa y vivía en un tonel. Objeto de burla y, a la vez, de respeto para los atenienses, para Epicteto fue modelo de sabiduría. Sus escritos se han perdido.
Coetáneo de Aristóteles, Diógenes también era meteco en Atenas, adonde llegó después del año 362 a.C., y estuvo bajo la influencia del filósofo Antístenes. Diógenes abogaba por un estilo de vida ascético y lo ponía en práctica; se basaba en la autosuficiencia y en un riguroso entrenamiento del cuerpo para tener las menores necesidades posibles. Con estos planteamientos rompía con el ideal del hombre como animal político que todavía manteníaAristóteles. Creía que la felicidad se lograba mediante la satisfacción exclusiva de las necesidades naturales en el modo más sencillo y práctico, sin estar condicionado por el peso de las instituciones. Consideraba que las convenciones contrarias a estos principios no eran naturales y debían ignorarse. Por esta razón se le llamó kyon (perro), de donde deriva el nombre de cínicos. Con sus enseñanzas, cambió la ética de la ciudad por la ética del sabio, idea que se mantendría para siempre en la filosofía griega.
Alejandro Magno y Diógenes de Sínope
Se han contado más anécdotas y leyendas sobre la vida de Diógenes de Sínope que de cualquier otro filósofo. Considerando su peculiar forma de vida, es imposible evitar hacerse una serie de preguntas. ¿Por qué vivía en un tonel? ¿Por qué rehusaba cualquier tipo de comodidad, hasta el punto de vestir sólo una túnica o de lamer el agua de los charcos, como hacen los perros? ¿Y qué quería decir con su busco un hombre, su respuesta a todo aquel que le preguntaba por su caminar a plena luz del día por las calles de Atenas llevando un farol encendido en la mano?
Diógenes fue el primero de una nutrida pléyade de filósofos que entendieron la sabiduría como el rechazo de la vida ordinaria. Provistos de una túnica y una escudilla, orgullosos de su pobreza, vagaban mendigando por las ciudades de Grecia predicando el ascetismo, el retorno a la vida natural, el abandono de toda actividad intelectual y el desprecio a las comodidades. Los atenienses consideraron que tamaña excentricidad, rayana en la locura, era en cambio rica en amonestaciones, de modo que terminaron por apreciar a aquel filósofo que comía, dormía y realizaba sus necesidades corporales delante de todo el mundo y sin importarle el lugar.
La profusión de anécdotas relatadas por Diógenes Laercio facilita la ilustración de su pensamiento. Una vez llegado a Atenas, Diógenes fue al encuentro de Antístenes. Éste, que no aceptaba a nadie como alumno, lo rechazó, y Diógenes decidió perseverar hasta lograr salirse con la suya. Así hasta que, en cierta ocasión, Antístenes blandió enfurecido su bastón contra él. Y Diógenes, ofreciendo su cabeza, replicó: "Golpea, pues no encontrarás madera tan dura que sea capaz de hacerme desistir de mi empeño en lograr que me digas algo, como creo que debes hacer". Desde entonces se convirtió en su alumno. El valor concedido a una firme determinación de la voluntad apoyada en la razón se desprende de su actitud.
La austeridad era su norma de vida, y ello le permitía ser independiente de cualquier necesidad. Al parecer, fue el primero que redobló su túnica, llevado por la necesidad de dormir envuelto en ella, y llevaba consigo una escudilla en la que recogía sus viandas. Se servía indiferentemente de cualquier lugar para toda actividad, ya fuese desayunar, dormir o conversar. Y solía decir que los atenienses incluso le habían procurado un lugar en el que recogerse: el pórtico de Zeus y la sala de las procesiones. La riqueza de quien nada posee se muestra en esta frase que se le atribuye: "Todo pertenece a los dioses; los sabios somos amigos de los dioses; los bienes de los dioses amigos son comunes. Por eso los sabios lo poseen todo". Cierto día, tras observar a un niño beber agua en el cuenco de su mano abierta, lanzó la escudilla que llevaba en la alforja, diciendo: "Un niño me ha dado una lección de sencillez". También se despojó de su plato al ver a otro niño que, al rompérsele el suyo, puso las lentejas que comía en la concavidad de un trozo de pan. Y buscando siempre acostumbrarse a las dificultades, en verano se revolcaba en la arena caliente, y en invierno se abrazaba a las estatuas cubiertas de nieve.
Del respeto que Diógenes suscitó a pesar de sus extravagancias da fe el famoso encuentro con Alejandro. Llegado a Corinto, Alejandro Magno sintió deseos de conocer al gran filósofo, que, aunque rondaba los ochenta años, conservaba intactas sus facultades. Sentado bajo un cobertizo, calentándose al sol, Diógenes miró al rey con total indiferencia. Según Plutarco, cuando Alejandro se le presentó diciendo «Soy Alejandro, el rey», Diógenes le contestó: «Y yo soy Diógenes, el Cínico». «¿Puedo hacer algo por ti?», le preguntó Alejandro, y el filósofo respondió: «Sí, puedes hacerme la merced de marcharte, porque con tu sombra me estás quitando el sol». Más tarde diría Alejandro a sus amigos: «Si no fuese Alejandro, quisiera ser Diógenes».
Cuando Diógenes de Sínope murió, los atenienses le dedicaron un monumento: una columna sobre la que reposaba un animal (un perro), símbolo del regreso a la naturaleza (o, mejor, a la autenticidad de la vida) cuya necesidad el filósofo sostuvo. Su vida no fue fácil: el desprecio de los placeres, el completo dominio del propio cuerpo, la anulación de las pasiones, de las necesidades y de cualquier vínculo social estable, requieren de un gran esfuerzo, disciplina, prestancia física y de una indomable tensión moral. Diógenes poseía todas estas cualidades, así como una acusada atracción por la sátira, la paradoja y el humor. Iconoclasta, profanador, contrario a cualquier tipo de erudición e incluso de cultura, siempre prefirió expresarse mediante la acción, el comportamiento y las elecciones concretas, más que mediante textos escritos: a alguien que sostenía la inexistencia del movimiento, le respondió poniéndose en pie y echándose a andar.
Anécdotas de Diógenes de Sinope
Anécdotas de Diógenes de Sinope
Diógenes fue uno de los más destacados filósofos de la escuela cínica. Los cínicos tomaron como modelos a la naturaleza y los animales, los adoptaron como ejemplos de autosuficiencia y basándose en ello propusieron un modelo de comportamiento ético que consideraban fundamental para alcanzar la felicidad, aunque esto solo era posible mediante una rigurosa disciplina física y mental.
La figura de Diógenes enseguida pasó a ser una leyenda de provocación y la imagen del sabio cínico por excelencia, de aspecto descuidado, burlón y sarcástico. Su forma de vida perruna, su estilo agresivo, su comportamiento siempre en contra, le diferencian sin confusiones.Vivía en un tonel en media calle, siempre andaba desnudo, se masturbaba en público, comía carne cruda, escribía libros a favor del incesto, la pedofilia y el canibalismo. Si alguien es el prototipo de trasgresor, ese es Diógenes de Sinope.
Su padre era banquero y cuentan que una vez que Diógenes un buen día, decidió consultar al oráculo y recibió como respuesta "invalidar la moneda en curso", que como todas las respuestas de los oráculo era enigmática, dicha respuesta tenía al menos tres sentidos: falsificar la moneda, modificar las leyes o transmutar los valores.
Diógenes no quiso elegir e hizo las tres cosas, el resultado fue la expulsión y el destierro de Sinope. “Ellos me condenan a irme y yo les condeno a ellos a quedarse”, fue su irónico comentario.
Forzado por estas circunstancias deambuló por Esparta, Corinto y Atenas, en esta ciudad frecuentó el cinosarges y se hizo discípulo de Antístenes, optó por llevar una vida austera y adoptó la indumentaria cínica, como su maestro.
Desde sus comienzos en Atenas mostró un carácter apasionado, llegando Platón a decir de él, que era un Sócrates que se había vuelto loco. Pone en práctica de una manera radical las teorías de su maestro Antístenes. Lleva al extremo la libertad de palabra, su dedicación es criticar y denunciar todo aquello que limita al hombre, en particular las instituciones. Propone una nueva valoración frente a la valoración tradicional y se enfrenta constantemente a las normas sociales.
Se considera cosmopolita, es decir, ciudadano del mundo, en cualquier parte se encuentra el cínico como en su casa y reconoce esto mismo en los demás, por tanto en mundo es de todos. La leyenda cuenta que se deshizo de todo lo que no era indispensable, incluso abandonó su escudilla cuando vio que un muchacho bebía agua en el hueco de las manos.
El cinismo es una forma de vivir, pero también de pensar y de expresarse, y como no se han conservado las obras de los primeros cínicos, hoy son conocidos en gran parte por dichos y anécdotas, que fueron transmitidos en forma de colecciones, la más usada es la de Diógenes Laercio, referencia fundamental para el estudio no sólo de los cínicos, sino de gran parte de la filosofía anterior a su autor. Utilizaron recursos literarios diversos donde no faltan la parodia, la sátira, la anécdota o la burla, pero siempre de forma escandalosa y provocadora.
Entre algunas de sus anécdotas más famosas estan:
- Cuando Diógenes llegó a Atenas, quiso ser discípulo de Antístenes, pero fue rechazado, ya que éste no admitía discípulos. Ante su insistencia, Antístenes le amenazó con su bastón, pero Diógenes le dijo: “no hay un bastón lo bastante duro para que me aparte de ti, mientras piense que tengas algo que decir”.
- Cuando fue puesto a la venta como esclavo, le preguntaron qué era lo que sabía hacer, contestó: “mandar, comprueba si alguien quiere comprar un amo”.
- Cuando le invitaron a la lujosa mansión le advirtieron de no escupir en el suelo, acto seguido le escupió al dueño, diciendo que no había encontrado otro sitio más sucio.
- Se decía que Diógenes iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo "Busco un hombre". Y así se refaría a que en realidad ninguno nos comportamos enteramente como seres humanos.
- En otra ocasión le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: porque piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos.
- Diógenes se encontró una vez con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo... Era un hombre hermoso. Alejandro no podría creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo:
“Señor...” - jamás había llamado “señor” a nadie en su vida- “...señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer?”
Diógenes dijo: “Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más.”
Alejandro contestó: “Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que no me convierta en Alejandro de nuevo, sino que me convierta en Diógenes”.
Diógenes rió y dijo: “¿Quién te impide serlo ahora? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿Adónde van, para qué?”.
Dijo Alejandro: “Voy a la India a conquistar el mundo entero”.
“¿Y después qué vas a hacer?”, preguntó Diógenes.
Alejandro dijo: “Después voy a descansar”.
Diógenes se rió de nuevo y dijo: “Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad de hacerlo. Si al final quieres descansar y relajarte ¿Por qué no lo haces ahora? Y te digo: Si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en medio del camino, en medio del viaje”.
Alejandro se lo agradeció y le dijo que lo recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador, pero no le dio tiempo a descansar. Poco después murio.
Anécdotas de Diógenes de Sinope
Anécdotas de Diógenes de Sinope
- Por Juan Carlos del Río
Diógenes fue uno de los más destacados filósofos de la escuela cínica. Los cínicos tomaron como modelos a la naturaleza y los animales, los adoptaron como ejemplos de autosuficiencia y basándose en ello propusieron un modelo de comportamiento ético que consideraban fundamental para alcanzar la felicidad, aunque esto solo era posible mediante una rigurosa disciplina física y mental.
El cinismo es una forma de vivir, pero también de pensar y de expresarse, y como no se han conservado las obras de los primeros cínicos, hoy son conocidos en gran parte por dichos y anécdotas, que fueron transmitidos en forma de colecciones, la más usada es la de Diógenes Laercio, referencia fundamental para el estudio no sólo de los cínicos, sino de gran parte de la filosofía anterior a su autor. Utilizaron recursos literarios diversos donde no faltan la parodia, la sátira, la anécdota o la burla, pero siempre de forma escandalosa y provocadora.
Cuando Diógenes llegó a Atenas, quiso ser discípulo de Antístenes, pero fue rechazado, ya que éste no admitía discípulos. Ante su insistencia, Antístenes le amenazó con su bastón, pero Diógenes le dijo: “no hay un bastón lo bastante duro para que me aparte de ti, mientras piense que tengas algo que decir”.
Cuando fue puesto a la venta como esclavo, le preguntaron qué era lo que sabía hacer, contestó: “mandar, comprueba si alguien quiere comprar un amo”.
Cuando le invitaron a la lujosa mansión le advirtieron de no escupir en el suelo, acto seguido le escupió al dueño, diciendo que no había encontrado otro sitio más sucio.
Se decía que Diógenes iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo "Busco un hombre". Y así se refaría a que en realidad ninguno nos comportamos enteramente como seres humanos.
En otra ocasión le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: porque piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos.
Diógenes, el filósofo griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo... Era un hombre hermoso. Alejandro no podría creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo:
“Señor...” - jamás había llamado “señor” a nadie en su vida- “...señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer?”
Diógenes dijo: “Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más.”
Alejandro contestó: “Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que no me convierta en Alejandro de nuevo, sino que me convierta en Diógenes”.
Diógenes rió y dijo: “¿Quién te impide serlo ahora? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿Adónde van, para qué?”.
Dijo Alejandro: “Voy a la India a conquistar el mundo entero”.
“¿Y después qué vas a hacer?”, preguntó Diógenes.
Alejandro dijo: “Después voy a descansar”.
Diógenes se rió de nuevo y dijo: “Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar y relajarte ¿Por qué no lo haces ahora? Y te digo: Si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en medio del camino, en medio del viaje”.
Alejandro se lo agradeció y le dijo que lo recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador, pero no le dio tiempo a descansar antes de morir.
Mear estatuas y robar comida, los sabios cinicos
LOS SABIOS CÍNICOS
Ladridos de insolencia
Por Pedro Trujillo el 10 junio, 2010
http://revistareplicante.com/los-sabios-cinicos/
¿Hay lugar hoy para los cínicos, entendidos como aquellos filósofos de la Antigüedad que desafiaban al poder, la moral y las buenas costumbres? El cínico contemporáneo debería mostrar insolencia frente a todo lo que se engalana con las plumas de lo sagrado: lo social, los dioses, la religión, el poder y las convenciones; desacreditar todo lo que se viste con espíritu de seriedad; desesperar de los lugares comunes. Como sugiere Onfray: “El cínico es un insolente para quien la filosofía es un antídoto contra la perpetua arrogancia de los mediocres”.
Estaba Antístenes, maestro de Diógenes, en una de aquellas festivas comilonas que sólo la Antigüedad conoció cuando, de entre la muchedumbre, una voz arrogante le ordenó: “Canta”, a lo que éste respondió: “¡Y tú, tócame la flauta!” La anécdota está tomada de Vidas de los filósofos ilustres escrito por el erudito Diógenes Laercio, quien dedicó un libro entero a los filósofos cínicos. Denostado por Hegel, que lo calificó de “amontonador de opiniones” y “chismorreador superficial y vanidoso”, Laercio recoge pasajes que resultan, si no históricamente creíbles, sí mordazmente divertidos y sumamente alegóricos.
De su homónimo Diógenes de Sinope relata que sólo él elogiaba a un citarista al que todos criticaban. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “Porque con esa corpulencia se dedica a tocar la cítara y no a ladrón de caminos”. Al ver unos baños sucios, dijo: “¿Dónde se bañan luego los que se han bañado aquí?” Apodado “el Perro”, Diógenes llamaba a las representaciones dionisiacas “grandes espectáculos para necios”, “siervos de la masa” a los demagogos y “tiempo perdido” a la filosofía de Platón. Elogiaba a los que se disponían a casarse y no se casaban, a los que iban a hacerse a la mar y no zarpaban, a los que iban a entrar en política y no lo hacían, a los que iban a criar a sus hijos y no los criaban y a los que estaban preparados para servir de consejeros a los poderosos y no se acercaban a ellos. Fue Diógenes quien le respondió a Alejandro Magno “No me quites el sol” cuando éste le pidió un deseo. Otra vez, al ver a una mujer que adoraba a los dioses en una postura “bastante fea, con la intención de censurar su carácter supersticioso”, le dijo: “¿No te da reparo, mujer, que haya algún Dios a tu espalda, ya que todo está lleno de su presencia, y ofrezcas un feo espectáculo?” Después de masturbarse a la vista pública en el ágora, dijo: “Ojalá fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre”. En ocasión de un banquete, a manera de burla, comenzaron a tirarle huesecillos como a un perro “y él se fue hacia ellos y los meó encima, como un perro”. Diógenes dijo que “la vida no es un mal, sino la mala vida”. Solía pasearse por las calles con un farol encendido buscando a un hombre y cuando regresaba de Olimpia y le preguntaron si allí había mucha gente, respondió: “Mucha gente sí, pero pocas personas”. A uno que aseguraba no estar calificado para filosofar, le dijo: “¿Para qué entonces vives, si no te importa vivir bien?” Cuando le preguntaron por qué daban limosna a los pobres y no a los filósofos, respondió: “Porque piensan que pueden llegar a ser cojos o ciegos, pero nunca a filosofar”. Al ver a unas mujeres ahorcadas de un olivo, exclamó: “¡Ojalá todos los árboles dieran un fruto semejante!” Diógenes solía entrar en el teatro topándose con los que salían, y cuando le preguntaron por qué lo hacía contestó: “Es lo mismo que he tratado de hacer a lo largo de mi vida”. En otra ocasión, cuando Platón definió en la Academia al hombre como “bípedo implume”, el cínico arrancó las plumas a un gallo dejándolo andar por ahí y aseguró “He ahí el hombre de Platón”. Alguna vez escupió en la cara de un rico que lo había invitado a su casa, alegando no haber encontrado otro lugar más sucio para hacerlo. A uno que hablaba sobre fenómenos celestes le preguntó “¿Cuántos días hace que bajaste del cielo?”
El cronista Laercio cuenta que Crates, esposo de Hiparquia, que se despojó de todas sus riquezas y abandonándolo todo siguió a Diógenes, aseguró que lo único que había conseguido de la filosofía era “un cuartillo de lentejas y el no preocuparse por nada”. A Alejandro, que le preguntó si quería que reconstruyera su patria, le contestó: “¿Qué más da? Probablemente otro Alejandro la arrasará de nuevo”.
De Metrocles, cuñado de Crates, sabemos que al escapársele un pedo en medio de un ejercicio de lectura en la escuela, se encerró en su casa abatido por la desesperación con la intención de dejarse morir de desánimo. Al enterarse, Crates ingirió grandes cantidades de lentejas y visitó a Metrocles para persuadirle con razonamientos de que no había nada de malo en el hecho de ventosear. Ante la negativa de Metrocles, Laercio asegura que Crates recurrió a pedorrearse para convencerle y desde entonces Metrocles lo siguió por la senda del cinismo. Metrocles es dueño de la siguiente máxima: “Con dinero se compra una casa, y con tiempo y dedicación se compra la educación”.
La enumeración de anécdotas, sentencias y demás extravagancias ocurrentes podría alargarse placenteramente. Siendo el cinismo una filosofía que se expresaba más con ejemplos, juegos de palabras y anécdotas, es ineludible repasar algunas de ellas, no sólo para encontrar su corpus filosófico, sino por el puro placer que produce esta muestra de humor antiguo.
Por eso, como sugiere Michel Onfray en Las sabidurías de la antigüedad, Hegel “se equivocaba al reducir la filosofía cínica a un revoltijo de anécdotas desprovistas de interés y sentido común” y, con otros filósofos alemanes que se refirieron a Diógenes Laercio como “vulgar plagiario” o “miserable compilador”, recuerda la célebre frase de Otto Flake: “El gran defecto de las cabezas alemanas consiste en que no tienen ningún sentido para la ironía, el cinismo, el desprecio y la burla”. ¡Vaya!
“¡Cara de perro!”
Tal es el terrible insulto que, enfurecido, Aquiles dirige a Agamenón en el primer canto de laIlíada. A primera vista la injuria no parece tan escalofriante, sobre todo conociendo la inclinación a la ira que caracterizaba al mitológico héroe. No obstante, la comparación con el can a menudo constituía una grave ofensa en la Grecia antigua. Por eso, escribe Carlos García Gual en La secta del perro, a la escuela cínica, kynikoí, del vocablo griego kyon, “can” o “perro”, se le comparó despectivamente con ese cuadrúpedo: con su frugal modo de vida, su desfachatez y su desvergüenza. Los cínicos deambulaban tomando el sol en el ágora ateniense o el mercado de Corinto, practicando su sabiduría, envueltos en un atuendo mínimo y mendicante.
Los filósofos cínicos tomaron al perro como su emblema y lo adecuaron a la perfección a sus fines. El perro, animal urbano y familiar, no se oculta para cubrir sus necesidades ni para sus tratos sexuales. Es impúdico por naturaleza, roba alimentos a los dioses y mea en las estatuas sin ostentar reparo alguno. Los cínicos vieron en la figura del perro la oposición a las reglas del respeto mutuo y el decoro, y como tal la instituyeron.
La gesta cínica se manifiesta en un contexto histórico determinado. Es una época de crisis ideológica y moral. Transcurre la segunda mitad del siglo IV antes de la era común y las comunidades libres y autárquicas están debilitadas y se encuentran al arbitrio del caudillismo militar y sus ejércitos mercenarios. La destrucción de la polis como marco comunitario independiente y autónomo significó entonces una fuerte conmoción espiritual. Es en este contexto histórico preciso cuando aparece el cinismo como síntoma. La libertad y la autonomía perdidas comunitariamente sólo podrían recuperarse de manera individual. La aparición de estos tipos y sus prédicas constituyen un síntoma manifiesto del malestar en la civilización y el rechazo de una cultura que denuncian como represora y retórica.
Más que una escuela filosófica, hay que ver en el cinismo un movimiento intelectual que, reinterpretando la doctrina socrática, acuerda que la vida en civilización es un mal, que la felicidad se encuentra en la naturaleza y en una vida sencilla y frugal. El hombre con menos necesidades es el hombre más libre y a la libertad se llega mediante la transmutación de valores, en la inversión de todo aquello que se encuentra establecido. Por eso llevan como máxima “no ser esclavo de nadie ni de nada en el pequeño universo donde uno halla su lugar”. El cínico detesta los grandes e intrincados discursos, por lo que practica su filosofía mediante juegos de palabras, teatralizaciones, gestos y grandes dosis de humor e ironía. Barbudos y groseros, armados de báculos y alforjas, estos predicadores de último minuto deambulaban por las calles llevando a cabo sus excentricidades. Fundada por Antístenes, el cinismo encuentra formalmente en Diógenes de Sinope su máximo apologeta. El cínico niega los valores de una sociedad que considera hipócrita y reivindica la falta de auténtica libertad y autonomía del individuo frente a la familia, la ciudad y la moral de compromiso.
Gracias a la locuacidad y frescura de estos filósofos hostiles a las convenciones, el consumo y el progreso, la palabra cinismo ha entrado en manuales, tratados y burdeles filosóficos, estableciendo así una importante diferencia con lo que vulgarmente se entiende y asume como tal. En lengua alemana existe la distinción entre Kynismus y Zynismus, siendo este último “término que denomina el cinismo en general”, asegura Carlos García Gual, “mientras que la primera palabra indica el cinismo histórico, el de la secta helénica” que es la que aquí se trata.
El orden cínico de las cosas
Charles Chappuis, en su ensayo Antístenes, señala que mientras los demás hombres buscan afuera las reglas de su conducta y obedecen las leyes y los usos, “el sabio cínico, apartado de todo afecto por su patria o sus padres, de todo deber ante el Estado y la familia, libre de esos vínculos impuestos por el nacimiento y las convenciones se deja guiar por su virtud y goza de una libertad sin límites”. El filósofo cínico vive apartado del mundo ilusorio preocupado por actividades fútiles —la política, el comercio, la guerra, la agricultura, la paternidad, el matrimonio—, el cínico construyó una actitud estética en relación con el mundo: “Se hizo espectador distante y sonriente con la altivez de quien sabe a qué ha escapado cuando ve a los otros picar el anzuelo con insistencia”, señala Michel Onfray en Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros.
Cuando el cínico se niega a rendir homenaje a lo respetable, lo que pretende es denunciar la inautenticidad de esa respetabilidad que se acepta más por principios hereditarios, creencias tradicionales y comodidad, que por razonamiento. El cínico buscaba revalorizar los hábitos montado en una moral mínima; pero ante todo, era crítico, austero y anárquico. El cinismo no estaba dirigido a las masas, era sólo patrimonio de unos cuantos audaces marginales: “Los más son incapaces para la filosofía y la vida cínica. Es ésta la razón por la cual, a pesar de ser un programa ético claro y revolucionario, no fue de gran preocupación política”, complementa García Gual.
El cínico revela el comportamiento ridículo de los otros: desenmascara supercherías o ironiza ideas que le parecen de dudosa respetabilidad. La fascinación de la anécdota en el caso de Diógenes y Crates frente a Alejandro reside en que indica la emancipación del filósofo del político. Peter Sloterdijk, en Crítica de la razón cínica, señala que “Aquí no es el sabio, como el intelectual moderno, un cómplice del poderoso, sino que le vuelve la espalda al principio del poder, la ambición y la autoridad”.
Se puede decir que el orden cínico de las cosas está estructurado de la siguiente manera: confianza en la naturaleza, gusto por la provocación y la anécdota pedagógicamente inquietante. Todo esto con el único fin de llegar a la libertad mediante un simple plan: transmutar los valores, reacuñar la moneda, falsificar lo admitido como valor troquelado. Para Diógenes los hombres están enfermos de no saber vivir, parece que les es más terrible soportar un bazo inflamado o un diente cariado que un alma estúpida, ignorante y ruin.
Diógenes, un celeste perro
No, ya no está el de antes, el de Sinope,
aquel paseante de bastón, de veste doblada, vividor a cielo raso.
Porque ya partiose, hincando los dientes en el labio,
y reteniendo el aliento de un mordisco. En verdad fue
Diógenes de la estirpe de Zeus, un celeste perro.
—Cércidas de Megalópolis
aquel paseante de bastón, de veste doblada, vividor a cielo raso.
Porque ya partiose, hincando los dientes en el labio,
y reteniendo el aliento de un mordisco. En verdad fue
Diógenes de la estirpe de Zeus, un celeste perro.
—Cércidas de Megalópolis
Diógenes no sólo introdujo el pito en la filosofía como concepto. En Crítica de la razón cínicaSloterdijk sostiene que el filósofo inauguró “el diálogo no-platónico”: Diógenes “presiente […] el engaño de las abstracciones idealistas y la insipidez esquizoide de un pensar cerebralizado”, y de esta manera, “sofista arcaico” y “primero en la tradición de la resistencia satírica”, da a luz la “ilustración grosera”. Sloterdijk sugiere que gracias a Diógenes se hace palpable de una manera sencilla el sentido de la insolencia: “Desde que la filosofía, sólo de forma hipócrita, es capaz de vivir lo que dice, le corresponde a la insolencia decir lo que se vive”.
Diógenes no habla contra el idealismo, vive contra él y cuando indaga con su linterna, argumenta Onfray, Diógenes no busca un hombre en particular tal como podría encontrarlo o reconocerlo en la multitud, sino que busca irónicamente el hombre de Platón: “La humanidad quintaesenciada, pues no es más fácil encontrar una idea que una forma inteligible y el riesgo de darse de narices con un concepto es tan insignificante como el de tropezar con un centauro. El ideal no existe y jamás lo encontraremos, de ahí la utilidad de la búsqueda con la linterna”.
Platón llamó a Diógenes “Sócrates enfurecido”, frase que, en palabras de Sloterdijk, “pretende ser una aniquilación y es el reconocimiento más alto. Platón, contra su voluntad, equipara al rival con Sócrates, el dialéctico más grande”. A su vez, refiriéndose a Platón, Diógenes de Sinope formuló esta simple y extremadamente pertinente pregunta: “¿Qué puede ofrecernos un hombre que ha dedicado todo su tiempo a filosofar sin haber inquietado a nadie? Dejo a otros la tarea de juzgarlo”.
Provocador callejero, fascinante para algunos, agresivo para otros, Diógenes exageraba y no titubeaba en dar la nota estridente para llamar la atención y aparentemente hacer el ridículo: “Ventosea, defeca, mea y se masturba en pública calle, ante los ojos del ágora ateniense; desprecia la gloria, se ríe de la arquitectura, niega el respeto, parodia las historias de los dioses y de los héroes, se tumba al sol, bromea con las meretrices y dice a Alejandro Magno que no le quite el sol”. Pero, ¿qué es todo esto? —se pregunta Sloterdijk. Es una réplica al idealismo que vive contra él. Quizá su comportamiento no sea más que aventajar de manera cómica al “sagaz dialéctico”. Sin embargo, “el cinismo da a la pregunta de cómo se dice la verdad un nuevo giro”.
Diógenes se burlaba de sus colegas, de sus mamotretos y de su credibilidad conceptual. Su arma son las carcajadas. Antiteórico, antidogmático y antiescolástico, “aprovecha su competencia filosófica para satirizar a los colegas más serios”, advierte el autor de Esferas.
Diógenes fue vendido como esclavo a Xeniades, quien le devolvió la libertad y lo convirtió en preceptor de sus hijos. Sobre su muerte circulan varias versiones: una quiere al filósofo dejándose morir voluntariamente reteniendo la respiración; otra sugiere que se habría indigestado tras comer un pulpo crudo rechazando la civilización y ejerciendo su teoría de que “toda naturaleza es ley”; la tercera sugiere que habría perdido la vida tras una caída a causa de la mordedura de un perro. Sus últimas e improbables palabras habrían sido “Cuando muera echadme a los perros, ya estoy acostumbrado”.
¿Son éstos buenos tiempos para el cinismo?
¿Para el sarcasmo y la ironía como forma crítica? Es evidente que el malestar cultural es agobiante, que se nos invita a renunciar a ella o, en su defecto a consumirla en forma abaratada olight. Vivimos en una sociedad aparentemente abierta y permisiva, que cuenta con implacables medios para marginar al provocador y ahogar cualquier protesta inconveniente con ayuda de los medios de comunicación, alega Carlos García Gual. ¿Trabajar, casarse, criar niños y defender la patria? ¿Son éstos los nuevos viejos valores a defender?
Transmutar los valores fue el viejo lema del cínico Diógenes. Pero en un mundo de pacotilla, ¿para qué sirve? “¿Para qué esforzarse en troquelar de nuevo las monedas si la galopante inflación —ética y política— anula pronto los efectos de cualquier falsificación?”, se pregunta Gual. Los comúnmente aceptados discursos sociales parecen subordinar la acción a la pura eficacia y erigen el pragmatismo como principio. ¿Cómo rebelarnos a ellos? ¿Será la carcajada del cínico una opción ante este evidente malestar? ¿La dignidad filosófica ha sido pisoteada como quería Nietzsche o sólo está encerrada en las academias? ¿Qué aspectos podría rescatar un nuevo cínico?
En Les cyniques grecs. Fragments et témoignages, se leen los discursos de Dión Crisóstomo, quien relata que en la Antigüedad griega se condecoraba a los deportistas con coronas de laureles o de pino. A veces se les colocaban sobre la cabeza o se cubrían con ramas de olivo. Sin mostrar mayor respeto por esto, Diógenes, remedando esas conmemoraciones olímpicas, se autoproclamó vencedor colocándose sobre la cabeza un puñado de ramas de pino, afirmando su victoria contra los obstáculos de la sabiduría. Evidentemente la fórmula no cayó bien, a lo que Diógenes comentó: “Corresponde a los chivos y no a los hombres combatir por una corona”. Si se hace una transposición y pasamos del olimpismo antiguo a los valores contemporáneos del trabajo, por poner un ejemplo, encontraremos el mismo entusiasmo y las mismas prácticas. Se repiten desde siempre los mismos discursos y las mismas costumbres: la labor es el precio que hay que pagar para ser admitido en la comunidad, y señala netamente la sumisión del individuo al grupo. Algo que un cínico no puede aceptar.
“El amor al dinero es la metrópolis de todos los males”, quería el viejo cínico, y no suena muy ajeno.
Acuñar la moneda una vez más, por un cinismo contemporáneo
¿Tendrá el nuevo cínico que dejarse crecer la barba y ostentar una larga cabellera, enarbolar un báculo y hacer rodar una tinaja? ¿Será suficiente con pedorrearse en las calles, masturbarse en las plazas y promover el canibalismo y el incesto para ser cínico?
No, sin duda. De lo contrario nuestras calles, plazas y cruces de caminos se encontrarían llenas de filósofos de último minuto. El corpus cínico está lleno de simbolismos, cuya imitación escrupulosa nos llevaría a graduarnos en un sacerdocio, en lo que se refiere a la vestimenta, la morada, la limosna o la falta de higiene, o a habitar en un manicomio en lo concerniente al incesto y el canibalismo. Tal vez el contemporáneo cínico tendrá que renunciar al escándalo: a estas alturas parece imposible escandalizar a la sociedad. Lo que conviene es seguir los pasos de cínico cuando éste propone una nueva manera de practicar la filosofía y enfrentar el mundo. Así reflexiona Michel Onfray, quien sostiene que “indiscutiblemente, Diógenes podría encontrar su lugar en las postrimerías del siglo XX. Que no esté presente no significa que no haga falta”.
¿Ha perdido la filosofía todo contacto con la calle y la interrogación común? En este sentido Nietzsche escribió en sus Consideraciones intempestivas: “En las universidades nunca se enseñó el único método de la crítica, el único método convincente que se puede aplicar a una filosofía, es decir, el que consiste en preguntarse si es posible vivir según sus principios; allí sólo se enseña la crítica de las palabras mediante palabras”. El cínico aprende a vivir y a pensar, a existir y a obrar ante los fragmentos del mundo real.
Mostrar insolencia frente a todo lo que se engalana con las plumas de lo sagrado: lo social, los dioses, la religión, el poder y las convenciones. Desacreditar todo lo que se viste con espíritu de seriedad. Desesperar de los lugares comunes. Tales actividades son las premisas afines al contemporáneo cínico que se muestra, como sugirió Onfray, “ni grosero ni inclinado a las lamentaciones, ni plañidero ni presagiador del retorno de la barbarie o la decadencia, el cínico es un insolente para quien la filosofía es un antídoto contra la perpetua arrogancia de los mediocres”.
Mear estatuas y robar comida de los altares, he ahí el desafío. ®
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